Las caucherías

Escrito por elsouldelperezoso 23-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

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Todas las fuerzas en exceso aprisionadas

laceran y destruyen

Charles Dickens

 

 

 

Se dio un respiró y recordó ese mito indígena que señalaba que la floresta amazónica fue sólo bosquejada por los creadores o creadoras porqué el compromiso de la persona humana era perfeccionarla paso a paso en una labor de artesanía. Era un constante hacerse. Reelaborarse. Sonrió. Le golpeaba en la memoria lo que observó de visita en una maloca, los Uitoto de la yuca amarga y venenosa luego de domeñarla elaboraban el casave [tortilla de yuca muy agradable] y el tucupí [ají]. Es decir, afinan lo que la naturaleza les otorga. Esa era la lección. Como la abuela que de las ramas del bosque y su sapiencia sanaba a las personas. Alejaba a los malos espíritus. Pero no se puede decir lo mismo que se hizo bajo el furor de la Hevea brasiliensis, el descepe trajo harto dolor, sufrimiento, humillación ¿por qué? Dos lógicas diferentes de intervención sobre el cuerpo de la algaida. De un lado, recolectar, seleccionar, probar y degustar, y en lo posible, en equilibrio con la naturaleza [¿es un chalado sueño ecologista?, ¿una referencia animista que espanta la lógica cartesiana?]. El otro método, destripar sin más [en las aguas del río Corrientes hay poco peje]. Pensó por un momento que bajo ese arco de tensiones y pesadillas del llamado progreso ha convivido la Amazonía. El corazón se le quedó aterido. Masticaba esas ideas al volver a mirar las fotos. Se quedó por unos minutos, unos once, detenido en una de ellas. Mostraba una de las edificaciones en la selva, era uno de los puntos de recolección y carga de lo que se extraía del monte, el oro blanco. Era de dos pisos y de ladrillo. En la parte primera, en primer plano un pelotón de niños indígenas, adolescentes, sentados y, casi unánimemente, miraban  a la cámara del clic [sí, ¡niños!]. Otros miraban a los que pesaban la carga montaraz, unas longanizas de shiringa. Los encargados de pesar la carga vestidos de traje y sombrero, y como no, dando la espalda a los muchachos que estaban sentados como esperando. El ambiente quiere aparentar una calma chicha. Sí. Pero la buena intención del fotógrafo se tuerce en sus intenciones. Lo hizo sin querer. Se muestra la externalización de los costes, lo que llaman los economistas o mejor dicho, la invisibilización de ellos. Es mano de obra barata, baratísima. En muchos de ellos la recompensa era entregarles en contraprestación chucherías. Sin rubor se expone el trabajo infantil, casi todos tienen caras de impúberes. Sin mala intención se retrata la codicia empresarial al emplear niños, sí, casi todos eran varones. Estos patas, rezongó con reconcomio, lo dejaron todo patas arriba.