Más de un insomnio

Escrito por elsouldelperezoso 18-03-2012 en General. Comentarios (1)

  

Fuente: elcastillodefinvarra.blogspot.com

 

 

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Lejos de ser unos solitarios siempre de mal humor,

como los retratan en los libros ilustrados sobre la fauna,

los perezosos son, en el fondo, unos seres la mar de sociables

Sam Savage

 

 

 

En el piélago de los árboles donde habita el perezoso de tres dedos,  Bradypus tridactylus, se escuchaba el rumor de la música del monte. Los gorjeos de los pájaros. Las expresiones de júbilo de los primates que se lanzaban de rama en rama. El croar de las ranas y el sonido monótono de las chicharras. Era un lugar privilegiado en la copa de los árboles. Se tiene indudablemente otra vista, podía divisar lo que ocurría en esa parte de la algaida. Sin embargo, desde hace más de cien años este mamífero de costumbres vegetarianas adolece de un insomnio descomunal. Un shaman Kukama le recetó un mejunje pero no consiguieron tumbarle de sueño. El prozac prescrito por el médico le daba cosquillas. Ni el psicoanalista de turno ha podido, con la ayuda del diván, desalojar esa pesadilla recurrente. Los desvelos ocurrieron a raíz de lo que vio cuando despertó una noche de luna llena. Le sacudieron unos desgarradores gritos que casi le rompen los tímpanos, y se preguntó ¿Quien grita? Se levantó, eran alaridos humanos de Uitotos, Booráa, Ocainas clamaban ayuda. Miraba por los alrededores charcos de sangre, correrías de indios, sonidos de sables y balas de escopetas, asesinatos a mansalva, muerte de mujeres, niños y ancianos. La selva no era la misma, desde entonces se llenaron de espectros errantes y egoístas. De mujeres que lloran en la búsqueda de sus hijos abandonados. Desde entonces le cuesta encontrar el sueño, echar una pestañeada o dar una cabeceada en la almohada. Notaba que se le borraban los sueños como un azucarillo en la taza del café. Que se le secaban las lágrimas. Estos andurriales fueron desflorados por viajeros y empresas la mar de codiciosas. Un día desanimado al bajar a buscar hojas entre los árboles se topó con un artefacto que relucía en la oscuridad de estos sotos. Al lado encontró un sobre amarillo con fotografías. Los recogió. Ignoraba lo que era. Se rebanó la cabeza para saber como funcionaba y al saber su mecanismo pudo observar que la máquina escupía las señales del espanto, del horror, del infierno. Con el miedo de inquilino en el cuerpo rápidamente se subió al dosel del bosque a esconderse.