El soul del perezoso/ The soul of the sluggard

Las otras wuarmis

Escrito por elsouldelperezoso 22-03-2012 en General. Comentarios (0)

  Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 6

 

Miraba entre los árboles al cielo y parecía que la lluvia empezaba a escampar. Con este chaparrón tropical la selva muta a la velocidad de la luz. Una quebrada caudalosa en cuestión de segundos es un simple e inane riachuelo. Mira al cielo, se raspa la barbilla con pelos, y cuenta, ceremoniosamente, con los dedos de la mano y concluye que son los meses de creciente, el río engorda que no veas y parece una gruesa anaconda con estómago satisfecho que dormita. Rebusca entre la pila de fotos y escoge una en la que aparecen mujeres pero de otro rango ¿eran extranjeras?, ¿agentes de civilización como decía un cronista del antiguo astillero?, ¿son las portaestandartes de la igualdad de derechos?  Seguro que si Miguelina Acosta, jurista amazónica y feminista declarada, se hubiera enterado de esto lo denunciaba sin rubor. Todo parece indicar que se trataba de la imagen de un fundo [cortijo, hacienda a escalas de la floresta]. Se observa a una mujer de vestido largo con sombrero y con uno de los brazos en jarra como demostrando quien manda aquí, porta zapatos. Al lado de ella una niña que mira a las otras mujeres que están sentadas en un tronco y junto a esta chiquilla otra de menos edad y que no viste de vestidos blancos o cálidos como ellas ¿era una niña india? Pisando el mismo tronco hay una cría mirando a otro lado y se lleva la mano a la boca, distraída. Quien tomó la fotografía quiso tomar una estampa de la vida cotidiana pero el retrato es polisémico, muestra las relaciones de poder, la asimetría. La mujer con sombrero desde un tronco más alto miraba a sus subordinadas y supervisaba el trabajo porque ellas no se ensuciaban las manos. Las que están sentadas en los troncos a ras del agua lavan ropa ¿era la abuela?, una de ellas le prestaba atención a la mujer que lucía cofia y la otra, esquivamente, mira al fotógrafo, a la cámara. Casi de soslayo. Acumulaban mucha tarea, hay prendas en un tronco más grueso y la que ellas lavaban o enjuagaban en ese momento, para un pintor costumbrista y romo sería una viñeta genuina. Es muy curioso que detrás de estas mujeres del primer plano, al fondo, haya cinco hombres vestidos con traje y sombreros y miran, estos sí, a quien fotografiaba. ¿Qué nos han querido decir? Nos escorzaban un mundo idílico, cada uno en su sitio y cumpliendo las tareas. Un jardín sin malezas. O quizás también nos muestre las relaciones de ese impoluto jardín que ocultaba la maraña de relaciones difíciles que se vivía entonces. El perezoso se quedaba cada más intrigado al repasar las imágenes ¿Qué difíciles y complejos son estos seres humanos? Lo que dicen no lo hacen.

 

Monólogos del bosque

Escrito por elsouldelperezoso 21-03-2012 en General. Comentarios (0)

 Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 

 

 5

 

Dejó de mirar las fotos y buscó un mazo de tabaco para armarse un pitillo. Le encantaba ese olor que  inundaba la casa de la abuela [cerca del río] cuando era niño y jugaba en las hamacas. Se puso triste como los domingos a las seis de la tarde de su infancia, era una losa pesada, es que al día siguiente volvía al colegio. En ese panóptico escolar, rebuznaba, no era libre. Estaba preso de manos y de conciencia. Conforme avanzaba la hora se emponzoñaba, lentamente, la tristeza que empezaba en los pies y subía a su aturullada memoria. Le dolía hasta las entrañas repasar esos retratos del infierno. Ocurrió cerca de aquí, a unos pasos, eso le escocía. La mecedora se pegaba a su peluda humanidad, se movía despacio aspiraba y arrojaba el humo para que no vinieran los mosquitos. Escuchaba jazz, quería refugiarse del ahogo. Se hundía despatarrado en el fango. Chapoteaba en ese mar salado del desasosiego. Zozobraba como un naufrago en busca de la orilla. No podía creer que la violencia se apoderara y ensañara en ese lado del bosque y apisonara a seres humanos. Desde lejos miraba el campamento cauchero, se oían quejidos de niños, mujeres. A los abuelos los mataban a machetazos. Que no se recuerde. El sonido del látigo sobre el cuerpo humano le estremecía. Las torturas alrededor de los cepos infringían más pena. No había jaculatoria que frenara eso. Pero desgraciadamente esa desalmada pesadilla se volvía a repetir. Se permitía la extracción de oro con dragas informales en el río Nanay. Había derrames de petróleo incontrolados y se niega que los hubiera por el Marañón. Se entregan concesiones forestales bajo cuerda en el Napo, Ampiyacu. El trabajo se remuneraba mal y peor. La violencia siguiendo acosando a los árboles, a la fauna silvestre, a los otros recursos. Ayer el caucho, hoy el petróleo. Se sumerge en el mar de aflicciones.

 

 

 

Las wuarmis

Escrito por elsouldelperezoso 20-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Fuente: Época del caucho: Retratos del horror

 

 

4

 

 

La historia no registra

nuestros éxodos, los últimos viajes

aventados desde ríos intranquilos

Ana Varela

 

 

Husmeaba las fotos pegajosas por la humedad del trópico. A ratos llovía pero las gotas de agua que formaban charcos no llegaban donde él estaba sentado mirando esas imágenes, hizo una pequeña tarima con las ramas secas del monte. Absorto. La primera fotografía le dejó pensando lo que se ocultaba detrás esas imágenes de aparente tranquilidad, ¿será así el progreso que tanto hablan? De un lado, familias felices con trabajos, casas y coches pero aguzas un poco y te encuentras grietas profundas [hipotecas, deudas, resentimientos, veniales deslealtades, moobing, toxicidades laborales] Por un rato le rondó la idea que era él el solitario del bosque. No se movía una hoja ni cantó una cigarra ¿Estaré en la parcela del diablillo montaraz que renquea? Por breves segundos todo se suspendió. Se rompió esa efímera magia al escuchar el canto lúgubre de esa mujer que anda buscando a sus hijos por la selva. Un himno embaucador, se tapó los oídos como Ulises ante los cantos de sirena, es que el desánimo quería rebozar su corazón. Se repuso y, felizmente, la intensidad de la cantinela cada vez era menor, la mujer se alejaba con su paso torpe, cuántas mujeres con hijos pasearán así por esta patria de los bosques, replicó para sí mismo. Una de los fotos que miraba detenidamente era de la una chica ¿era menor de edad? Tenía toda la apariencia, una mirada de impúber. Era una muchacha indígena vestida de un vestido largo oscuro, orlado con dibujos geométricos y étnicos en la parte de arriba. Miraba la cámara. Estaba descalza sobre el suelo de tierra. Llevaba de la mano a un niño pero si se detienen a ver como asía al niño observa que no lo coge tiernamente. Lo agarra casi de la muñeca, no, de una mano afectuosa ¿Era la madre del niño? ¿Quién era el padre? ¿La chica que cuidaba al párvulo? El niño vestía todo de blanco y descalzo como ella, ¿era huérfano? El crío de cabello corto, ojos rasgados y mirando, profesionalmente, al fotógrafo como si antes hubiera sido retratado. Detrás de ellos se levantaba una cerca hecha de madera de monte, le recordaba a las cercas de madera de su infancia. Los maderos unidos, atados con sogas del monte. No se observa que los plegaran con clavo. Son seres anónimos, sin nombre o ¿será Teresita, la hija del indio Caruso Muinane, del clan etogaro, gente de pájaro carpintero, que fue arrancada de la sección Matanzas?

Los ancestros

Escrito por elsouldelperezoso 19-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente: Época del caucho: Retratos del horror

 

 

3

 

 

 

Se restregó los ojos. Quería tenerlos bien abiertos como los cazadores- recolectores, que no se les escapa nada. Era una imagen en blanco y negro. Se retrataba a un indígena varón del color de la tierra o del huito, Genipa americana. Ojos achinados, su piel tersa y lustrosa. Miraba con puntos de complacencia a la cámara y un ligero esbozo, mínimo, de sonrisa ¿se habrá preguntado, o dudado, posar de manera solemne o sonreír? Lucía un sombrero de paja, una chaqueta de color claro de tres botones que le quedaba larga ¿Compró al buhonero? Uno de sus brazos, el izquierdo, doblado alrededor del pecho, la foto no le hace muy visible, pero parece que entre los dedos cogía un cigarro. ¿Será consciente que era inmortalizado?, ¿Le robaron el alma como decía el curandero? La imagen fue tomada en un rincón de una casa cauchera, la pared de fondo es blanca, me recuerda a los fusilamientos del 2 de mayo, el cuadro de Goya, la cámara no deja de ser un disparador. Detrás de él aparecen tres personas. Una de ellas reposa en una hamaca que se apoya en un tronco colocado a posta para que sirva como colgador. Quién está dentro parece que duerme porqué no hace pajolero caso a la cámara, pasa de ella.  En el suelo hay hojas secas ¿será una improvisada cama?, ¿lo usaban como escoba para limpiar? Junto al tronco aparece el rostro de una mujer, mujer joven que al mirar al fotógrafo sonríe y tiene una pierna levantada. Detrás del hombre con chaqueta y pugnando aparecer hay una niña echada en el piso, ¿es una improvisada cama? y ensaya una risa, se esfuerza por salir en ese momento que registraban la imagen. ¿Qué nos quiere mostrar la foto? Qué los indígenas vivían felices, casi todos sonríen. Era una vida sosegada a pesar de las habladurías de la gente, espetaba uno de los caucheros en defensa propia. Pero hay que aguzar la lectura, nos podría decir otra cosa, se espoleó, el perezoso apesadumbrado. Carraspeó. No hay foto inocente, todas son intencionadas, se eligen. “Qué le vistieron para salir en la foto, miremos la chaqueta era grande para su tamaño”, el cigarro no está encendido, ¿mambeaba coca? Era una pose, un ademán para el resto. Además la presencia de niños en el centro de trabajo indicaba que ellos también laboraban como los mayores. El hombre durmiendo en la hamaca, más que ocio parecía pintar cansancio de tanto descepar la floresta, podía más la fatiga que salir en la foto. Le importaba un pimiento. Pucha, explota el mamífero de tres uñas y gruesas cerdas, querían presentar un mundo idílico en el infierno. Un país, el de la goma, que no era cierto.

 

La fábrica de imágenes

Escrito por elsouldelperezoso 18-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

 Fuente: mundofotos.net

  

 

2

 

 

No se le pasó por la cabeza peluda que en esa caja metálica, un rollo de película y un lente se pudiera guardar esas dolorosas imágenes del espanto. Miraba de un lado para otro como si escondiera algo. ¿Qué contendrá? Le picaba la curiosidad. En solitario se puso a repasar esas imágenes que arrojó la máquina y se le escarapeló el cuerpo. Esa cajita fría aparentemente inocente llevaba una carga potente como si fuera TNT. Se envalentonó, recogió fuerza y abrió ese misterioso aparatillo de color gris. Comprendió su mecanismo. Sentía que descepaba la caja de los truenos y los rayos del monte. En su conciencia saltaban chispas, el apacible monte era una quimera. Esos retratos diferían, y mucho, de la historia que leía en los libros de texto. Se alejaban de los recodos apacibles que observaba desde la copa de los árboles. Al apretar el mecanismo de la cámara las imágenes salían una tras otra y el veneno del sentimiento de culpa inundó su cuerpo, mierda, pasaban esas atrocidades mientras dormía como un tronco seco. La congoja se apoderaba cada vez que pensaba en esos retratos. ¿Soy culpable por no actuar?, ¿por no denunciar? Le salpicaban en su conciencia muchas interrogantes. Quería volverse loco, me voy a rallar como una cebra. Lo primero que preguntó fue ¿Ocurrió por aquí? Husmeaba y remiraba las fotografías del sobre húmedo y manchado del barrizal. Eran más de cincuenta. Las sostenía con sus tres dedos y no daba crédito a lo que veía. Tamaña impresión le dio hipo que no podía pararlo y se quedaba sin respiración. Cogía con rapidez una bolsa, a respirar profundamente y luego expirar con lentitud, el hipo quería reventarle el pecho. Con paciencia salía de él. Pero no pudo parar el alud de imágenes.