El soul del perezoso/ The soul of the sluggard

Los tambos

Escrito por elsouldelperezoso 27-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 

11

 

 

Es cierto que es remolón. Él va a su aire, la cola es pecho como repetía esa coletilla de su padre. Siente que unas hormigas traviesas caminan por sus cerdas, seguro que se han perdido y no hallan el camino. No les hace puñetero caso, felizmente que no son esos curuhuinsis que si dan mordiscos. Se sacude y las hormigas caen en una de las ramas del árbol. Al mediodía quiso pegar ojo, una siesta pero los ahogos del alma pudieron con él. Anda despierto y el sueño por las noches es muy ligero, al mínimo ruido se despierta. Toma el té que le recomendó la abuela para dormir y no logra vencer la ansiedad, sus ojos están como unos platos y las ojeras cada vez más oscuras. Rebusca las imágenes y mira una de ellas como si fuera un boleto de la lotería. Muestra una escena feliz y casi fraterna. Los tambos eran sitios para el descanso, en el caucho estos eran usados como almacenes donde depositaban lo que extraían los indios del bosque, el preciado oro blanco, y también como espacio para el respiro, ¿podían respirar con tantas muertes? Cuentan testigos que el aire era irrespirable, hedía a carne chamuscada y descompuesta. Los charcos se tiñeron de rojo. Los atardeceres rojizos y dulces sabían amargos como la mermelada de naranja. El techo de hojas de irapay de la foto daba la impresión de frescor. Hay seis personajes en la fotografía. Una mujer de color canela quien les proveía de cuidados y alimentos, de vestido largo oscuro y sin zapatos. Casi todos se fijan su atención en el lente del fotógrafo, salvo el mayoral de traje blanco, corbata oscura y botas. Mira a un lado diferente de la cámara. La muchacha lleva entre manos un mantel. Los rostros de los trabajadores de estas estancias caucheras derrochan bonhomía, parecen no matar ni una mosca y son buena gente. Aunque la realidad les de un tortazo en la cara y negaba esa quietud. Los he visto desollar indios, robar niños y niñas. ¿Por qué tanto empeño en ese doble discurso? Hummmmm se rascó la cabeza.

 

Los señores

Escrito por elsouldelperezoso 26-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 

10

 

 

 

Expurgaba una fotos de otras. Unas le atraían más y las separaba usando una de sus largas uñas. En esta que seleccionó se mostraba a varias personas pulcras alrededor de una mesa, todos hombres, departiendo en un barco. Es una tertulia distendida por el rostro de los tertulianos. Afables. ¿Era el desayuno o la comida? Recuerda que esta misma foto aparecía en el diario del cónsul inglés que visitó ese lugar donde reinaba Belcebú. ¿Cómo apareció en este archivo?, ¿se trocaron las imágenes? El cónsul recordaba que era de camino a las estancias caucheras y parte de la comisión platicaban asuntos del viaje. Sí hubieran tratado los tratos crueles o de desaparición forzada de personas, seguro que los del cenáculo no tuvieran ese semblante risueño. Presumiblemente, estarían más serios. La denuncia periodística en La Felpa era de una gravedad tremenda. Los hechos cobraron dimensiones internacionales, ¿eran los efectos de la globalización? Amigo retratista, a pesar de su intención manifiesta de mostrar desasosiego en el país de los tormentos se escondía un proceloso mar de fondo donde los homicidios, violaciones, torturas eran y son difíciles de borrar.

El jefe/The boss

Escrito por elsouldelperezoso 25-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente. Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 

9

 

 

Desde la copa de los árboles miró al río lleno de recodos. A lo lejos divisaba una lancha que traqueteaba al surcar las aguas, vienen más turistas indicó con resignación. Me cansan, clic, clic, clic. Suenan monótonamente esas máquinas fotográficas como si fueran disparos. Con ellos desaparece la intimidad. Sus halagos son empalagosos y con tonillo de urbanitas culposos. Así todos los días. Agota. Se bajó a comer al mediodía y se embuchó un banquete pantagruélico de vegetariano, comió hasta reventar. Volvió a montarse sobre el tallo del árbol y encaminarse a lo alto. En su camino las hormigas no cesaban de subir y bajar, no descansan nunca. No conocen el ocio, restregó con ironía. Se sentó al lado de las fotos. Suspiró. Le daba vueltas a lo que veía en esas imágenes. Sacaba cuentas que desde que repasaba las fotos se le cortó las ganas de dormir. Se despertaba con alucinaciones. Se pasará, chasqueó. Esta vez escogió una en la que salía El jefe en una de las estancias, no se sabe cual ¿Abisinia?, ¿Matanzas? ¿Andoques? ¿Atenas? Sí, el mandamás de la Peruvian. Ese señor atildado de bigotes mostachos que no mira al retratista. De corbata oscura y traje blanco. Es como si estuviera despistado, en otro mundo ¿pensando en los juicios penales en Isla Grande?, ¿en el rédito del negocio de la goma?, ¿de la venta de sus acciones en Londres? Está rodeado de capataces y de trabajadores indios. También de otras personas que por la vestimenta parecen militares y patas con unos sombreros de viajeros ingleses colonialistas. Entre los trabajadores que llevaban sombrero aparecía quién salió en la tercera fotografía de esta bitácora [Los ancestros]. Los indígenas en su mayoría niños y adolescentes. Hay pocos adultos, contados con los dedos de la mano. Hay un personaje de traje oscuro arrimado a un tallo de árbol. En actitud chulesca, que él está por encima de Dios y de las leyes. No mira al fotógrafo, está envanecido de su ego. Se quiere alejar de lo que se está retratando, esa escoria podría decir. Hay niñas indígenas a los pies del jefe y de los otros mayorales, ¿nos quieren decir algo que estén sentadas como a pie de página? ¿Eran Taga, Josefina, Saturia o Virginia? Mueve la cabeza. Eructa. Se pone serio, ¿Qué nos quiere mostrar?, ¿Una alianza armoniosa de civilización y mansos salvajes? Pero si fue todo lo contrario, el terror encharcó estos bosques. De golpe le vino un repentino dolor de cabeza y añoró el café que le preparaba la abuela en su exilio por la selva.

Los jefes

Escrito por elsouldelperezoso 24-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

8

 

Los minutos pasaban sin parar, el estomago clamaba de hambre. Esperaré que el sol se ponga en el medio del cielo y bajaré a comer. Es un día raro, empezó muy de madrugada con neblina densa, dicen que en días como esos el sol duele como nunca. Muy temprano las hojas estaban mojadas de rocío. Sabían jugosas y frescas. Que buen desayuno me dí, resolló casi sonriendo mientras se palpaba la mofletuda panza de cerdas. Se levantó y agachó dos veces, ja, me ejercito para que las piernas no se duerman. Sacó al azar una de las fotos del sobre amarillo que cambió de color, están jaspeados de verde y marrón. Esta foto no tenía desperdicio, sentenció mientras las oteaba. Es una larga fila de personas. Entre ellas hay indios, algunos de taparrabos y otros con camisa y pantalón ¿eran a los que llamaban indígenas semicivilizados o racionales?  Pero uno y otros andan descalzos. ¿Serán los grados de la civilización: salvajes, semicivilizados y racionales? Seguro que les han hecho formar en fila para ese momento. Los que aparecen en la foto son muchachos. Es un día que han tumbado el monte y quemado rastrojos. Se visualiza el humo. Los jefes de traje blanco y sombrero del mismo color – hay uno de ellos que abrazaba paternalmente por el cuello a uno de los niños. Detrás de la fila hay una casa, emerge con claridad el techo de hojas silvestres. Será uno de los almacenes donde depositaban la goma. Conforme avanzas siguiendo la fila las miradas cambian de dirección. Los primeros ojean a la cámara pero después de los jefes desvían la vista por algún incidente y dejan en vacío al retratista. La fotografía muestra al mocerío. No a gente mayor y menos a los abuelos. Ellos son los ausentes. En las labores diarias salen, casi siempre, los niños. Los más vulnerables. Es una prueba más de la despiadada explotación de seres humanos. La fotografía no sigue la ruta que quiere el fotógrafo sino lo que se interpreta del retrato.

 

Las caucherías

Escrito por elsouldelperezoso 23-03-2012 en General. Comentarios (0)

Fuente: Época del caucho: imágenes del horror

 

 

 7

 

Todas las fuerzas en exceso aprisionadas

laceran y destruyen

Charles Dickens

 

 

 

Se dio un respiró y recordó ese mito indígena que señalaba que la floresta amazónica fue sólo bosquejada por los creadores o creadoras porqué el compromiso de la persona humana era perfeccionarla paso a paso en una labor de artesanía. Era un constante hacerse. Reelaborarse. Sonrió. Le golpeaba en la memoria lo que observó de visita en una maloca, los Uitoto de la yuca amarga y venenosa luego de domeñarla elaboraban el casave [tortilla de yuca muy agradable] y el tucupí [ají]. Es decir, afinan lo que la naturaleza les otorga. Esa era la lección. Como la abuela que de las ramas del bosque y su sapiencia sanaba a las personas. Alejaba a los malos espíritus. Pero no se puede decir lo mismo que se hizo bajo el furor de la Hevea brasiliensis, el descepe trajo harto dolor, sufrimiento, humillación ¿por qué? Dos lógicas diferentes de intervención sobre el cuerpo de la algaida. De un lado, recolectar, seleccionar, probar y degustar, y en lo posible, en equilibrio con la naturaleza [¿es un chalado sueño ecologista?, ¿una referencia animista que espanta la lógica cartesiana?]. El otro método, destripar sin más [en las aguas del río Corrientes hay poco peje]. Pensó por un momento que bajo ese arco de tensiones y pesadillas del llamado progreso ha convivido la Amazonía. El corazón se le quedó aterido. Masticaba esas ideas al volver a mirar las fotos. Se quedó por unos minutos, unos once, detenido en una de ellas. Mostraba una de las edificaciones en la selva, era uno de los puntos de recolección y carga de lo que se extraía del monte, el oro blanco. Era de dos pisos y de ladrillo. En la parte primera, en primer plano un pelotón de niños indígenas, adolescentes, sentados y, casi unánimemente, miraban  a la cámara del clic [sí, ¡niños!]. Otros miraban a los que pesaban la carga montaraz, unas longanizas de shiringa. Los encargados de pesar la carga vestidos de traje y sombrero, y como no, dando la espalda a los muchachos que estaban sentados como esperando. El ambiente quiere aparentar una calma chicha. Sí. Pero la buena intención del fotógrafo se tuerce en sus intenciones. Lo hizo sin querer. Se muestra la externalización de los costes, lo que llaman los economistas o mejor dicho, la invisibilización de ellos. Es mano de obra barata, baratísima. En muchos de ellos la recompensa era entregarles en contraprestación chucherías. Sin rubor se expone el trabajo infantil, casi todos tienen caras de impúberes. Sin mala intención se retrata la codicia empresarial al emplear niños, sí, casi todos eran varones. Estos patas, rezongó con reconcomio, lo dejaron todo patas arriba.